El duelo

 

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Psicología del duelo

Recientemente he tenido contacto con mujeres maduras, que por diferentes circunstancias tales como viudez, separación o divorcio, se enfrentan a tener que tramitar y gestionar su situación de soledad. Teresa me contaba tras la pérdida de su pareja, cómo de pronto le asaltaba la idea si se encontraba paseando, que tenía que montar la comida, para caer en cuenta rápidamente que podía detenerse y mirar lo que quisiera, sin prisas ni agobios pues no había nadie que estuviese esperándola. Su discurso denota tristeza, cierta nostalgia pero también la noción real de quien se asoma a un nuevo horizonte.

Teresa tiene un duelo relativamente reciente y poco a poco comienza a vislunbrar un panorama que tema perdido hace muchos años, el de su libertad Individual.

Luisa quedó viuda hace unos cuantos años, sin embargo pareciera no tener consuelo, emprende tareas con cierto entusiasmo que terminan siendo un fiasco, no le gustan, no le sirven, no le entretienen, sobre todo no le proporcionan lo que inconcientemente está buscando, la sensación de volverse a sentir una niña acogida y protegida, como se sentía cuando su marido estaba vivo, quien probablemente sin saberlo ejerció de padre Sobreprotector con esta niña enfundada en un cuerpo de mujer. Podríamos decir que Luisa tiene un duelo enquistado, coagulado, cuya apariencia es la de su actual viudedad pero que esconde, entre otras cosas, el no haber podido soportar la pérdida necesaria, que todos tenemos que realizar, de nuestros padres de la Infancia.

Marta se separo de su pareja, después de muchos años de relacón, no se le notó mayor tristeza por la perdida, todo lo contrario, se volcó a realizar actividades que nunca se había permitido, como salir mucho, buscarse amigos nuevos. Sin embargo, y curiosamente, un tiempo después está irritable, con insomnio, se ha peleado con mucha gente, se siente vacía, y no sabia por qué. Pareciera que Marta no ha podido enterarse ni hacerse cargo de lo que internamente le estaba pasando.

Tres mujeres, tres vidas, tres maneras de encarar los duelos que inevitablemente acarrean cualquier pérdida o separación... La pena y el dolor frente a estas situaciones es inevitable, a veces la rabia encubre estos sentimientos. Perder o fracasar en una relación amorosa suele conllevar también cierta herida narcisista. Hacer el duelo, poder pensar y reflexionar sobre la nueva situación que se tiene por delante, poderse despedir poco a poco, respetando el tiempo que cada uno necesita para reacomodarse, ubicarse y curarse las heridas, son elementos necesarios para abordar la vida después de una pérdida. Si Teresa, por ejemplo, se queda detenida y fijada al pasado como parece estar Luisa, ese pasado no pasa, se queda hipertrofiado, y la persona se queda como clavada en esa situación, apegada a una memoria sin mañana, sin futuro, sin salida, donde lo que se puede incubar es una melancolía, una fosa personal sin luz.

Negar de forma apresurada la pena, como si no pasara nada, haciendo las veces de súpermujer, que puede con todo, que no hay nada que la arredre, es otra salida patológica y enfermiza; ésta parece ser la vía de Marta y de tantas personas, que prefieren no pensar sino anestesiarse con compras compulsivas, programas de televisión, salidas frecuentes o en ocasiones las adicciones, al juego, al alcohol o a las drogas, pasan a sustituir de mala manera lo perdido.

En los momentos que vivimos, donde lo efímero y lo superfluo parecen ser lo valorado y lo conveniente, poder tener un espacio temporal y mental para condolernos, llorar y despedirnos, nos permitirá que paulatinamente se retome un camino desde los límites de la propia individualidad. Sólo así nos daremos cuenta de nuestras limitaciones y de nuestras posibilidades. Sólo de esta manera es posible una libertad interior y ejercer ésta nos hará estar menos solos, pues en definitiva dependemos de nosotros mismos para dirigir nuestra vida.