¿Se me pasa el arroz?

 

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¿Se me pasa el arroz?

La primera vez que escuché esta frase me resultó elocuente y dolorosamente gráfica. Todos sabemos o podemos suponer que un arroz 'pasado' no tiene arreglo o reparación, y es que, cuando los pacientes o los amigos la han utilizado en la consulta, no se refieren a sus proezas culinarias, sino a un sufrimiento personal que está muy relacionado con la sensación propia de haber perdido el tiempo en la vida para hacer ciertas cosas que se habían deseado, sobre todo con el penoso descubrimiento de que el tiempo pasa y de, nuestra finitud. Estas ideas suelen aparecer sobre los 40 años en adelante, y a esta etapa se le conoce como "crisis de la edad media de la vida"


Cuando la persona siente que ha llegado al punto medio de la vida comprueba que ha dejado de crecer y ha comenzado a envejecer, enfrentándose así a un nuevo conjunto de circunstancias externas e Internas; ya ha vivido la primera fase le la vida adulta, la niñez y la juventud pasaron y se fueron y debe realizar el duelo por ellas. Aquí quisiera detenerme para mencionar la importancia que tiene vivir y elaborar los duelos convenientemente, ya que vivir implica pasar por una sucesión de duelos, entendiendo por tal la definición de Freud que es "la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.". Es así cómo a lo largo de la vida vamos experimentando muchas "pérdidas", como el destete, la escolaridad y el cuerpo infantil, entre muchas otras, y de acuerdo a como se hayan elaborado éstas, con más o menos angustia, con la sensación de haber tenido logros en cada etapa, la llegada al momento de la madurez podrá ser asumida con un monto mayor o menor de crisis y de pérdida de identidad.

 

El impacto psicológico en la madurez


Durante esta etapa suele haber un impacto en el cambio corporal. La cara, que es la parte de nuestro cuerpo que mejor reconocemos, empieza a reflejar nuestra vida interior con sus matices y arrugas -ihemos vivido!-, pero este cambio, ligado al sentimiento de pérdida, puede ir de la mano con fantasías y ansiedades específicas de ese momento. Estas pueden tener que ver con la salud y con el propio cuerpo, ideas hipocondríacas y temores por contraer cualquier clase de enfermedad, como el cáncer, o sufrir un infarto; ideas de inquietud económica, como el temor a sufrir un revés serio aunque no existan bases reales, o no poder aumentar los ingresos para mantener o reforzar el estándar de vida, o también fantasías de" perder el prestigio alcanzado. El poder llegar a ser adulto maduro e independiente sería la principal tarea psicológica; lo paradójico está en que se entra en una etapa de plenitud, pero la inevitabilidad de la muerte está allí, acechando. En muchas ocasiones este sentimiento no es tolerado, ni es aceptada la resignación, buscándose, por el contrario, la actividad maníaca, el placer y el éxito fácil. Surgen así estrategias engañosas como tentativas de hacer una carrera contra el tiempo; de esta forma, en vez de aprovechar los recursos con los que se cuenta y la experiencia, se produce un deterioro del carácter y del sentimiento de identidad. La solución sana, sin tener que recurlir a defensas de juego de cubiletes, sería poder utilizar la propia capacidad de amor y la confianza en uno mismo, para reparar las cosas que se sienten dañadas y contrarrestar los temores de muerte con los deseos de vivir transformando el temor en una experiencia constructiva, y aprovechando la experiencia y esa sabiduría que no sólo conlleva el conocimiento de cosas, sino también más intuición y más tolerancia, pudiendo sentir con más autenticidad las cosas, viviendo más plenamente el tiempo presente, sin omnipotencia ni negación, pero con un mayor respeto por uno mismo y por los demás.